Dramatizando todo lo necesario

    Cada vez que pierdo el control de las situaciones, lloro como si se me fuera a salir el alma. A veces se trata de cosas tan pequeñas que hasta yo misma me pregunto por qué tanta desesperación. Me encierro en la habitación,  pataleo, me pongo de cuclillas en una esquina, me tiro de los pelos... es un momento de tanta rabia.
    Últimamente la sociedad se disfraza detrás de una aparencia de eterna felicidad. Máscaras que ocultan que ellos también tienen sus momentos de lloriqueos y descontrol. Las personas quieren mostrarse alegres, esconden sus emociones y la confianza hoy en día es cada vez más reducida porque a nadie le interesa ya si estás bien o si estás mal. Hoy, lo que está de moda es disfrutar.
    No quisiera formar parte de ese mundo. Yo tengo la necesidad de llorar si me hace falta, y enfadarme si lo necesito también. ¿Por qué fingir que todo está bien cuando me apetece salir corriendo? No me refiero a mostrarle al mundo mis angustias y sí a expresarme, aunque sea solita en mi habitación. Vivir el drama como se lo merece. Y no me avergüenzo de mi sufrimiento,  soy un ser humano, yo también sufro. Algo que llevo marcado en mi corazón estos días (y ya lo he dicho en otras publicaciones): las lágrimas no quieren decir que has perdido, todo el mundo tiene cicatrices. Sé fiel a quien eres y si tienes que ponerte de cuclillas en una esquina de tu habitación y llorar: ¡hazlo!
    Cuando Jesús cayó en manos de los fariseos, allí en el monte, recuerdo que Pedro sacó la espada y le cortó la oreja a una de las personas que estaban allí.  Pedro en aquel momento mostró lo que sentía, y aún siendo exhortado por el maestro, ese pasaje nos prueba que no está prohibido tener sentimientos impulsivos. La diferencia estás en cómo actuar cuando se siente esa impulsión.
    Que nada ni nadie nos ponga limitaciones,  ni siquiera nosotros mismos.

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