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Un regalo llamado dolor

    Tantas fueron las veces que cuestioné si el amor de Dios era realmente verdadero. Recuerdo que durante mis crisis de angustia, mi alma clamaba con mucha fuerza y preguntaba con gritos chirriantes por qué estaba pasando todo aquello.
     Siempre busqué una escapatoria, aquel sufrimiento era tan grande. Parecía interminable. Era llegar a casa después de haber estado aparentando ahí fuera que todo estaba bien. Era entrar en mi habitación y sumergirme en un profundo silencio interior que me hacía llorar, que me hacía querer quitarme la vida e incluso me hacía dudar de Dios. Pensé que nunca comprendería que todo aquello me llevaría a una etapa mejor, de hecho pensaba que no superaría aquella etapa porque acabaría muerta en algún momento.
    Nadie jamás podrá entenderlo. Cuando lo cuento me juzgan, se sorprenden, no me creen, piensan que estaba exagerando las cosas... nada de eso importa. Solo importa que cada vez que decía: "¡Dios, duele demasiado!", el Espíritu Santo me abrazaba y me contestaba: "aguanta un poco más, tú eres fuerte".
   Toda esa fase, que parecía cruel, hoy para mí es un regalo. No disfruto las lágrimas,  ni la desesperación,  ni la ansiedad, ni la incomprensión... Disfruto saber que el Espíritu Santo tenía toda la razón al decirme que podría aguantar un poco más. Sé que no lo superé por mis propias fuerzas, yo soy tan imperfecta, cometo tantos errores. Sin embargo, mi Dios, el cual supera incluso la perfección, me sostuvo todo ese tiempo.
     Gracias al dolor aprendí a ser dependiente de ese ser al que llamo Abba. Si no fuera por el sufrimiento,  nunca me habría rendido ante Jesús y tampoco habría dicho"Has ganado, yo perdí y esta ha sido la más afortunada derrota". Si no fuera por mis crisis de angustia, yo hoy no sabría valorar la verdadera paz que proviene únicamente de Dios.
    Que a partir de hoy yo pueda aprender a valorar todas las etapas de mi vida, pues cada una de ellas tienen un profundo significado.

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